Así es como he titulado la fotografía que salimos a hacer ayer por la noche. Los melómanos de la sala ya sabrán que el nombre es de una bonita canción de la banda escocesa Travis.
Esta vez la excusa ha sido la lluvia de estrellas de cada año por estas fechas, las Perseidas, que esta noche gozarán en nuestro cielo de su máximo apogeo.
La idea era captar el máximo número de estrellas fugaces y tal, pero con el cielo nocturno tan lamentable que tenemos por esta zona, lo desestimé enseguida, así que saqué el flash, un paraguas de color blanco y con la ayuda de Anna, mi querido ángel de la guarda, esta vez en calidad de modelo/espectadora del cielo nocturno, nos pusimos manos a la obra.
Una prueba para encuadrar, otra para colocarla a ella y otra para el flash, poco más hizo falta. Después de esto, mientras la cámara seguía «afotando» en dirección norte, donde ayer Casiopea dominaba con fuerza, nosotros hablábamos sobre constelaciones, curiosidades y la vida en general. Después de una hora regresamos a casa con la sensación de que algo bueno habría salido de todo esto.

Sarna con gusto no pica, así que hasta las tantas me quedé editando. A diferencia de mi otra obra «Galactic Jellyfish» que consta de una sola toma, esta otra consta de unas 60 fotografías, una para el suelo y el resto para conseguir los trazos del cielo, a parte también de un enfermizo número de aviones que conseguí eliminar como si fuera el triángulo de las Bermudas.
Como reflexión final diré que la fotografía nocturna humaniza, enriquece y despierta la curiosidad de una manera alarmante, o al menos a mí, que soy un lunático.
No podía acabar sin poner este enlace: